Los mejores libros del 2015 según los escritores argentinos

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Los mejores libros del 2015 según los escritores argentinos

Mensaje por Ridick el Mar Dic 22, 2015 2:49 pm


Entramos en las últimas semanas del año y se impone un balance de los libros del 2015. Infobaedecidió consultar a un grupo de escritores a quienes se les pidió que recomienden cinco libros. La consigna era tan clara como amplia: no importa el género, sólo interesa que se hayan publicado durante el año que empieza a terminarse.

Claudia Piñeiro, Ana María Shua, Mauro Libertella, Juan Terranova, Nicolás Mavrakis, Horacio Convertini, Enzo Maqueira, Jorge Consiglio, Alejandra Laurencich, Eugenia Almeida, Sebastián Robles, Violeta Gorodischer, Gonzalo León, Miguel Vitagliano, Hugo Salas, Facundo Gerez, Julián López y Lola Copacabana, aceptaron el desafío y le recomiendan a los lectores de Infobaeestos libros:

Claudia Piñeiro

Born, de María O´Donnell (Sudamericana)
Porque creo que es la mejor no ficción publicada este año, una historia esperada por muchos.

Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Anagrama)
Es el arranque de un trabajo literario imprescindible que se culminará con los dos tomos que faltan y darán cuenta de la vida y oficio de uno de nuestros más grandes escritores contado en primera persona.

Pureza, de Jonathan Franzen (Salamandra)
Franzen es un autor que tiene una obra que merece ser leída en su totalidad.

La tensión del umbral, de Eugenia Almeida (Edhasa)
Quien aún no leyó a esta autora cordobesa que triunfa en el mundo, debe hacerlo.

El derecho de las bestias, de Hugo Salas (Interzona)
Habla con inteligente ironía sobre las antinomias argentinas, desde Perón a Mirtha Legrand, y logra la reflexión a través del humor.

Ana María Shua

El país del diablo, de Perla Suez (Edhasa)
Un western nacional, pero mucho más que eso, una sabia mixtura de novela de aventuras, revelación y análisis de nuestra identidad, (pero sin necesidad de teorías: identidad en movimiento), fantástico argentino, delirio, claridad, profundidad, y por sobre todo, buena literatura. Por algo ganó en México el premio Sor Juana como la mejor novela latinoamericana escrita por una mujer en 2015.



Malos sentimientos, de Inés Fernández Moreno (Alfaguara)
Y hablando del premio Sor Juana, no olvidar que Inés Fernández Moreno lo ganó en 2014 con "El cielo no existe". Este excelente libro de cuentos nos recuerda que de buenos sentimientos está empedrado el camino del infierno literario. Y, en cambio, con Malos Sentimientos se puede llegar al Parnaso si uno sabe, como Inés, convertirlos en cuentos sólidos, temibles, capaces de hablarnos sin piedad de la condición humana...y hacernos reír al mismo tiempo.



Siete casas vacías, de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma)
No voy a decir que Samanta es un genio porque eso ya lo sabe todo el mundo. Digamos que leer sus cuentos a mi edad, cuando uno cree que ya lo leyó todo, es tener un extraordinario reencuentro con la literatura, es saber que todavía es posible escribir algo distinto, nuevo, diferente. Schweblin juega con el absurdo, con lo extraño, con lo extremo, por favor no confundir con lo fantástico. Todo lo que se cuenta en este libro es terrible y es posible.


Los árboles caídos también son el bosque, de Alejandra Kamiya (Bajolaluna)

¿Puede un libro de cuentos ser deleitable y doloroso al mismo tiempo? Así es este libro de Kamiya, cuya belleza está enraizada en un lenguaje exquisito, poético, de frases cortas, filosas, de una precisión aterradora. Todo es paradójico y perfecto: un mundo delicado y al mismo tiempo brutal se despliega en estos cuentos que juegan con los misterios de la cultura japonesa sin dejar de ser profundamente argentinos. Para leer y releer.


The size of the world, de Branko Andjic

Branko Andjic es un escritor serbio publicado por primera vez en inglés. Su novela, inteligente y llena de ternura, me recuerda un poco ciertos libros de Millás: "El orden alfabético", por ejemplo, o "El mundo". Hay una evocación asombrada de los años cincuenta del siglo pasado, curiosamente tan inocentes en la lejana Serbia como en Argentina. Una mirada infantil, desprejuiciada, curiosa y cruel se entretiene desenmascarando el mundo de los adultos.

Mauro Libertella

Dos fantasías espaciales, de Sergio Bizzio (Mansalva)
Dos cuentos largos que son un resumen perfecto de dos grandes líneas en la literatura de Bizzio: el realismo y el fantástico. Se leen con fervor, diría que se devoran, son geniales.

Zona de obras, de Leila Guerriero (Anagrama)
Son conferencias y columnas de Guerriero sobre el oficio de periodismo y sobre la escritura en general. Transmite una electricidad, algo tan inmenso como una pasión, ese tesoro frágil que todos los que estamos en periodismo estamos siempre a punto de perder.

Facsímil, de Alejandro Zambra (Eterna Cadencia)
Este es un libro distinto de Zambra, montado sobre una estructura que casi podríamos llamar experimental. Dio un salto al vacío y se encontró, ahí abajo, con sí mismo, porque al final termina siendo un precioso cuento con su marca de fábrica.

Mi juventud unida, de Mariano Blatt (Mansalva)
Leer todos los poemas de Blatt juntos, de corrido, transparenta como pocas experiencias de lectura la idea de la transformación interna de una obra: hay poemas-himno inolvidables separados por un reguero de pequeños poemas que son como el campo de pruebas para llegar a otro poema-himno.

El reino, de Emmanuel Carrere (Anagrama)
Me voy a dar una licencia poco ortodoxa acá: este libro no lo leí. Pero lo elijo porque lo estoy guardando para el verano y porque le tengo una confianza infinita y porque un amigo lo leyó y me dijo que Carrere lo hizo de nuevo. Suficientes razones.
Juan Terranova

Soluciones quirúrgicas, de Gabriela Larralde (Zona Borde). Es el libro del año

Workaholic o la rebelión de los mediocres, de Natalia Gauna (Milena Caserola)

Alexander Solyenitzin, de Lola Copacabana (Momofuku)

Discutir Houellebecq. Fassin-Vanoli-Revel-Mavrakis-Boccara (Capital Intelectual)

Los infames. La literatura de derecha explicada a los niños, de Maximiliano Crespi(Momofoku).

Yo escribo mucho peor, de Flavio Lo Presti (Llantodemudo Ediciones).

Nicolás Mavrakis

Cataratas, de Hernán Vanoli (RHM). La mejor novela del año no solo porque sostiene un estilo absolutamente singular y mucho más allá de la puerilidad o la simple impostura de muchos otros novelistas de su generación, y lo hace desde el principio hasta el final, sino porque también es una novela de ideas acerca del conocimiento, el Estado y el mercado, y una disección satírica de buena parte de la imaginación con la que se construyó un proyecto educativo durante el kirchnerismo para becarios.

Política, de David Runciman (Turner). Un ensayo breve pero bien planificado acerca de los efectos sociales, culturales y económicos que ocurren en Occidente cuando se cruzan tecnología y política. Sin ingenuidades y sin didactismos, Runciman analiza con mucho cuidado y rigor histórico a la política como una ciencia y una filosofía repentinamente transformada en una variable de ajuste para el deseo de las tecnocracias emergentes.

Sumisión, de Michel Houellebecq (Anagrama). Houellebecq vuelve a demostrar que un verdadero novelista no inventa sino que ausculta. Y en su oído profundo para la época, todo lo que parece una "visión del futuro" se revela nada más que como una lectura inteligente del presente. A la luz de los acontecimientos recientes en Oriente Medio y Europa, Houellebecq repite que antes que gritar o indignarse ante el espectro de la religiosidad, tal vez lo más importante sea pensar. Y lo hace con mucha gracia.

La tejonera, de Cynan Jones (Turner). Una novela de voz y de clima, que sucede en Gran Bretaña pero podría suceder en cualquier ciudad ganadera del mundo. Escrita por un novelista británico muy joven, es la clase de libro que uno podría confundir con alguna novela perdida del mejor J. M. Coetzee.

La piel, de Juan Terranova (Galerna). A medida que Terranova suma novelas, perfecciona el equipamiento formal con el que las construye. Tal vez eso sea lo que se llama un escritor para escritores: alguien capaz de mostrar sin hacer ningún exhibicionismo cómo se construye una frase, cómo se intercala una diálogo con una descripción, cómo se dinamiza una idea con una escena, cómo se construye la acción de una novela sin perder de vista la densidad narrativa. Una novela que cualquiera con inquietudes por la escritura debería leer con cuidado.

Horacio Convertini

La habitación del presidente, de Ricardo Romero (Eterna Cadencia) No le sobra ni la falta nada. Perfecta arquitectura de lo inquietante.

Pequeña flor de, Iosi Havilio (Random House). Un tipo que todo lo que mata, resucita como si nada. Original, placentera, con momentos muy oscuros.

No exactamente, de Alejandro Caravario. Son tres cuentos largos. Todos son muy buenos pero el ultimo, El bailarin electrico, es extraordinario. Caravario es un Messi en las sombras.

Las olas del mundo, de Alejandra Laurencich (Alfaguara). La dictadura a los ojos de una adolescente que madura de golpe. Dura.

Una suerte pequeña, de Claudia Piñeyro (Alfaguara) El oficio indiscutible de la autora y una historia poderosa y bien llevada.

Enzo Maqueira

El arte de producir efecto sin causa, de Lourenco Mutarelli (Interzona). Librazo. La historia de un derrotado que cae progresivamente en la locura y arrastra al lector con él, valiéndose de elementos literarios y gráficos. Brillantes diálogos, personajes profundos y carnales. Uno de esos libros que se recuerdan para siempre.

Salvapantallas, de Luis Chavez (Seix Barral)
En el reino de la literatura del yo lidera la búsqueda de emociones fuertes, por lo general a partir del consumo de drogas y sexo. Chavez arma una novela de iniciación con fragmentos desordenados. No es una obra maestra, pero es una buena muestra de que la literatura de todo el continente va en una dirección similar en cada uno de nuestros países: jóvenes desencantados, enamorados de las posibilidades de su cerebro y asustados por la posibildad de convertirse en adultos.

New Pompey, de Horacio Convertini (Del Nuevo Extremo)
Hace rato que Convertini viene destacándose como un gran narrador. New Pompey es una novela oscura, actual, que lleva el universo barrial de su autor hacia los límites de la marginalidad sexual. ¿Cómo ser gay en un barrio de putañeros? Convertini lo cuenta en un thriller psicológico protagonizado por una galería de personajes tan entrañables como repugnantes.

Las olas del mundo, de Alejandra Laurencich (Alfaguara)
Una historia conmovedora que refleja la vida, la época y los temores de una adolescente en los años '70. Spinetta, el Che, los Rolling Stones y todo el universo y el talento de Laurencich en la que probablemente sea su mejor novela.

Pequeña flor, de Iosi Havilio (Random House Mondadori).
La historia se va desenrrollando, extrañándose, jugando con los límites de la verosimilitud. En un largo párrafo que nunca suelta al lector, Havilio relata las escapadas de un hombre a la casa de su vecino, extraño personaje que le provoca tanto afecto como deseos de asesinar.

Jorge Consiglio

La habitación del presidente, de Ricardo Romero (Eterna Cadencia). En esta novela se narra el desconcierto. Se plantea un imaginario extrañado que sin embargo resulta cotidiano. Está escrita con una prosa que avanza con una potencia y una certeza asombrosas. Una especie de flash kafkiano que me enganchó desde la primera oración hasta la última.

Bien de frontera, de Oliverio Coelho (Seix barral). Disfruté mucho la deriva del protagonista de la novela. Las ficciones de Coelho avanzan zigzagueando y nunca pierden tensión. Un texto bello que, por momentos -aunque no tenga el mismo registro ni el mismo imaginario- me hizo acordar a Blade Runner de Ridley Scott.

Desafiar el cuerpo, de Federico Bianchini (Aguilar). Me encantaron estas crónicas sobre deportes extremos. Es asombro la forma en que Bianchini escucha los testimonios, los reelabora y organiza un relato magnético.

Redacciones cautivas, de Horacio González (Ediciones Colihue). Este novela está escrita desde el movimiento. González aborda todos los registros y siempre da en el clavo con los puntos de vista que utiliza. Además, hace un trabajo espectacular con la farsa que pone al relato siempre al borde de sí mismo.

El sastre, de María Malusardi (Ediciones en danza). Este libro de poemas de Malusardi hace sentido a partir de sonido -siempre exacto: música de cámara- y de la precisión austera con que cada palabra se enhebra en el texto. Una hermosura.

Diario de viaje, de Fernando Murat (Paradiso ediciones). En este libro se condensa un flujo narrativo torrencial con una palabra poética abierta. La propuesta es, justamente, la expansión y el devenir. Diario de viaje pone constantemente en crisis (o aparenta poner en crisis) las formas del relato. Libro insólito que no se puede pasar por alto.
Alejandra Laurencich

Diario del afuera / La vida exterior, de Annie Ernaux. (Milena Caserola). Es un estremecedor alegato de denuncia contra la desigualdad, la xenofobia, las guerras y la sociedad actual, compuesto por retratos de la vida cotidiana en los suburbios de Francia. Su autora, nacida en 1940, es una de las más prestigiosas de ese país, y nunca se había traducido en Latinoamérica hasta hoy. Cada relato tiene altura antológica y está muy bien traducido por Sol Gil.

Los escarabajos, de Macarena Moraña (Alto Pogo). Una novela con una lírica y contundencia fenomenales sobre una banda de adolescentes.

La revolución de los justos, de Bruno Petroni (Mil botellas). Un autor que vale la pena leer, algunos de sus relatos dejan sin aire, literalmente.

El espectáculo transparente, de Sebastián Menegaz (Ediciones Letras y Bibliotecas Córdoba). El libro que premiamos con Luis Chitarroni y Federico Lavezzo. Un autor cordobés desconocido. Su libro de cuentos es de una madurez literaria y una originalidad inquietantes.

Los viernes, de Juan Forn (Emecé). Exquisita recopilación de sus contratapas en el matutino Página 12 de los viernes.

Las mil caras del autor. Conversaciones con grandes narradores de hoy, de Paula Varsavsky (Eduvim). Son magníficas entrevistas de Paula a David Lodge, Joyce Carol Oates, Siri Husvedt, Hanif Kureishi, entre muchos otros.

Eugenia Almeida

Los Viernes, de Juan Forn (Emecé). Porque poder revisitar las columnas de los viernes en Página 12 es un placer infinito. Forn tiene un increíble don para contar historias y ofrecernos un mundo de lecturas. Toda mi admiración para él.

Las miniaturas, de Andrea del Fuego (Edhasa). Una pequeña joya discreta, llena de belleza. Una novela mínima y conmovedora. Kafka a la brasileña.

De ganados y de hombres, de Ana Paula Maia (Eterna cadencia). Un libro filoso, potente, abrumador. Humanos y animales atrapados en la crueldad que caracteriza a nuestra especie.

Más que mil palabras, de Miguel Russo (Emecé). El detrás de escena de 45 fotografías. Crónicas de lo que la cámara no registró, ese "fuera de campo" que Russo sabe iluminar tan bien.

El país del diablo, de Perla Suez (Edhasa). Una novela en la que el desierto, la desolación y la violencia lo cubren todo.

Sebastián Robles

Cataratas, de Hernán Vanoli (RHM)
Conspiraciones, redes sociales y becarios del Conicet en una trama atrapante, escrita con una prosa llena de imaginación. Una de las mejores novelas de ciencia ficción y aventuras escritas en la Argentina pero también, al mismo tiempo, una de las más lúcidas novelas realistas de los últimos tiempos, en el sentido en que la literatura puede servir como instrumento de iluminación de un sector de la realidad.

El cielo de los animales, de David James Poissant (Edhasa)
Cada dos o tres años aparece un cuentista norteamericano que la crítica inscribe en la tradición de Carver, Tobias Wolff o Alice Munro. Este es el caso de David James Poissant, que sin embargo no defrauda en esta colección de cuentos realistas y no tanto. La receta no es nueva pero resulta una buena manera de volver, de vez en cuando, a una tradición narrativa que todavía tiene algo para ofrecer.

Desde las bisagras, de Luciana Ravazzani (En danza)
¿Cómo escribir una poesía que resulte, a la vez, clásica y contemporánea? El libro de Ravazzani es una posible respuesta a esta pregunta. Después de El ombligo de las naranjas e Intenciones de hablarte, en este tercer libro la mirada poética de Luciana Ravazzani, que fusiona lo íntimo y lo cotidiano en un lenguaje claro y de metáforas a veces sorprendentes, se vuelve compleja y fascinante.

Selfie, de Ulises Cremonte (Club Hem)
Con un narrador voyeur que queda en carne viva cerca del final, Ulises Cremonte construye una novela sobre las huellas de su muro de Facebook, ese lugar que habitamos todos los días aún sin darnos cuenta. Pero leer a los otros siempre es, también, leerse a uno mismo. Haberlo contado sin ambigüedades es el hallazgo de esta novela.

La piel, de Juan Terranova (Galerna)
¿Qué es lo que hay del otro lado de Facebook? ¿Cuáles son los límites de la intimidad en una época en que todo se expone? ¿Qué pasa con los cuerpos? Terranova explora el reverso de los muros en una novela narrada con una prosa fría, sin demasiada adjetivación, que funciona por acumulación: lo que al principio parece frívolo se revela como inquietante.

Violeta Gorodischer

Precoz, de Ariana Harwicz (Mardulce)
Porque me parece fascinante el trabajo que hace con el lenguaje, tiene una cadencia poética increíble, una historia intensa, oscura, endogámica, que nos desafía como lectores, a reponer sentido, a dejarnos llevar por un ritmo muy propio y especial en una historia turbia entre una madre y un hijo, situada en las afueras de París, que refleja también la situación actual de los "nuevos pobres" europeos, es decir, los inmigrantes ilegales. Una apuesta absolutamente innovadora.

Cosas peores, de Margarita Garcia Robayo (Seix Barral)
Este libro, ganador del Casa de las Américas, es un conjunto de cuentos donde los personajes muestran un desamparo agridulce; las historias nunca cierran bien, como suele ocurrir en la buena literatura, y el ritmo colombiano de la escritura, parado en las antípodas del realismo mágico, mantiene de todas formas su esencia con una impronta sumamente contemporánea.

El año del desierto, de Pedro Mairal (Emecé)
La reedición de un libro imprescindible, que arranca con una crisis similar a la de 2001 y empieza un camino en retroceso, retomando los tópicos fundacionales de la literatura argentina, la oposición civilización-barbarie, pero también las situaciones más recientes de la historia argentina, casi como una metáfora de la crisis eterna en la que vivimos los argentinos

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma)
La escritora argentina más premiada vuelve a demostrar por qué todos los ojos miran a ella. Los cuentos de este libro ponen la lupa en lo cotidiano (una separación, el temor a la muerte, la envidia) y lo van cargando de densidad y extrañeza hasta llevarlo a otro nivel, un plano que puede calificarse como fantástico o simplemente, como una instancia alternativa a la concepción de la realidad tal y como la conocemos.

Gracias por la compañía, de Lorrie Moore (Seix Barral)
El regreso el relato de la escritora norteamericana. Son cuentos cuyo telón de fondo es la guerra de Irak y la política interna de EEUU; historias profundas donde aparecen hijos con problemas mentales, cuarentones que se separan o amigas muertas que regresan en una suerte de reunión de pesadilla, pero siempre con un tamiz imprescindible: la ironía y el sentido del humor. Eso no sólo lo hace digerible, sino que da lugar a un combo muy, muy interesante.
Gonzalo León

La marca del editor, de Roberto Calasso (Anagrama, traducción de Edgardo Dobry). Calasso, uno de los editores más prestigiosos del mundo, reflexiona sobre el oficio y la historia de la edición, planteando de paso el futuro del libro y entrometiéndose en discusiones coyunturales, como el afán de Google por digitalizar todos los libros en un intento por hacer un libro único, una especie de Biblia, en donde el conocimiento estaría compartido, donde los que leemos trabajaríamos para los que no leen: glosando, subrayando, etcétera.

Vida de Rousseau, de Mary Shelley (Ediciones UDP, traducción de Socorro Giménez), nos muestra a la autora de Frankestein en una faceta desconocida: de gran y prolífica biógrafa para la enciclopedia Cabinet, en la época en que las enciclopedias incluían historias de distintas literaturas, biografías, ciencia, etc. En esta biografía Rousseau es presentado como un inútil hasta los 37 años, con escasa formación intelectual, hasta que publica su primer libro y obtiene un éxito inesperado que irá creciendo hasta su exilio. Rousseau vaga por Europa como el monstruo de Shelley y no sólo vaga como un monstruo, se convierte en un sujeto paranoico que cree que todos conspiran a sus espaldas, pero además encarna la contradicción entre lo que escribía y su vida personal.

Marienbad eléctrico, de Enrique Vila-Matas (Caja Negra). En general los ensayos de Vila-Matas siempre atraen porque no abandonan el tono de su escritura. Aquí cuenta el arte de la influencia entre la artista francesa Dominique González-Foerster y él, entre arte contemporáneo y literatura: ¿puede el arte contemporáneo permear a la literatura y actualizarla a los cambios que vive el mundo?, es una de las interrogantes que se plantean. Este libro se emparenta con dos más publicados este año: Conversaciones con artistas contemporáneos, de Hans Ulrich Obrist (Ediciones UDP), y Escritura no-creativa, de Kenneth Goldsmith (también de Caja Negra).

Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec (Entropía). El año pasado fue Música prosaica, el magnífico ensayo sobre la traducción de Marcelo Cohen, y este año, en la misma colección, Entropía publica este libro donde Chejfec se despacha con reflexiones sobre la influencia de los distintos soportes o tecnologías en la escritura y sobre las distintas representaciones escriturales: imitación, copia, simulación y subrayados.

Correspondencia entre Mario Levrero y Francisco Gandolfo (Iván Rosado, edición a cargo de Osvaldo Aguirre). Raro que haya salido por una editorial rosarina, carente de toda la estridencia de Random House. Pero es precisamente esta singularidad lo que hace atrayente la correspondencia del autor uruguayo con este poeta cordobés que se asentó en Rosario. Se trata de un pre Levrero, anterior al éxito, al reconocimiento, a los premios: un Levrero que va de 1970 a 1986, pasando necesidades, sin la dentadura completa; es un Levrero en estado natural, opinando de poesía, de parapsicología, intentando seducir a las jovencitas.

Miguel Vitagliano

La revolución de los justos, de Bruno Petroni (cuentos, Mil Botellas, La Plata). Es el segundo libro de cuentos de un nuevo narrador que reúne personajes muy comunes en situaciones que los vuelven extraños. La lectura de su primer libro, Los chicos y la guerra, me incitó a esperar el segundo.

Hospital Posadas, de Jorge Consiglio (novela, Eterna Cadencia). Porque Consiglio escribe con el filo de las palabras y corta ahí donde creemos que ya no hay carne.

Rojo amor, de Aníbal Jarkowski (novela, Club Cinco). La reedición de una novela que se publicó por primera vez hace ya más de veinte años. Una novela de aristócratas, revolucionarios y espías soviéticos en Buenos Aires de los 80. La literatura siempre inventa futuros, aun cuando parezca asomarse al pasado.

Las fuentes de la juventud, de Dardo Scavino (ensayo, Eterna Cadencia). La juventud nació mucho antes de que nacieran los viejos que hoy fantasean lucir jóvenes. La juventud nació hacia fines del XVIII, no concebida como un estado pasajero de la edad sino, dice Scavino, como una posición: ser joven es no dejarse atrapar por lo que ya está viejo. El libro propone un recorrido sorprendente de esa tensión desde los románticos al presente.

Los ríos profundos, de Guillermo Korn y Javier Trímboli (Eudeba). No es la historia de cómo Hugo del Carril filmó una novela de Alfreda Varela, es la historia de una apuesta y una amistad, la que hicieron el escritor comunista y el cantor y cineasta peronista. Política y creación comparten una idea: hacerse en el desacuerdo.

Hugo Salas

Avión, de Eduardo Muslip (Blatt y Ríos).
Pocas novelas conjugan de manera tan feliz fugacidad y nostalgia, gravedad y ligereza. Para gozar de la primera página hasta la última, en un vuelo que uno desea no termine jamás.

La habitación del presidente, de Ricardo Romero (Eterna cadencia).
Luego de la desmesurada y copiosa Historia de Roque Rey, Romero ofrece una apuesta de mucho mayor intensidad por lo contenida, donde el espacio y la lengua se despliegan en una topografía incierta y amenazadora.

Quema, de Ariadna Castellarnau (Gog y Magog).
Educada en catalán y radicada hace años en Argentina, la autora hace gala de un español singular y preciado. Los fragmentos que componen este libro nos devuelven a los niños terribles (y en peligro) de los relatos maravillosos, en un ámbito desolado y postapocalíptico.

Artaud: lengua∞madre, de Gabo Ferro y Emilio García Wehbi (DocumentA/Escénicas). Este fructífero trabajo en colaboración entre dos de los artistas más interesantes de la escena porteña se ofrece además en una edición bella en su factura: un clásico intonso, con sus páginas sin guillotinar, que obligan a cada lector a abrirlo y dejar marca de su lectura. Un objeto singularmente precioso para una obra potente.

Acá el tiempo es otra cosa, de Tomás Downey (Interzona). Uno de los debuts más promisorios del año. Un volumen de cuentos raros y enrarecidos, que sorprenden sin efectismo y perturban con sutileza. Bellas y endiabliadas miniaturas.
Facundo Gerez

Algo más, de Marcelo Cohen (Páprika)
Siempre es una gran noticia que haya otro libro del Delta Panorámico y, además, otro libro que está a la altura del resto de la producción de Cohen (una obra tan vasta y ambiciosa que resulta muy difícil de ser empardada por algún otro escritor local en mucho tiempo).

De ganados y de hombres, de Ana Paula Maia (Eterna Cadencia)
Por la difícil y muy lograda apuesta de un lenguaje preciso y crudo a la vez. Una novela carnal, ruda, sutil y voraz. Una joya.

Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Anagrama)
Hace tanto que lo esperábamos que ya perdimos la cuenta y no sólo no nos defrauda sino que supera las expectativas y pinta "Los años de formación" de Piglia de un modo emotivo, vívido, entrañable.

Sexo tras unos días sin vernos, de Tao Lin (Alpha Decay)
Era necesario que alguien reuniera la obra completa de uno de los escritores que mejor capta el espíritu de su generación en el género que mejor le cuadra: el relato.

La permanente, de Marta Lopetegui (Blatt & Ríos)
Catorce relatos/crónicas imperdibles. El debut literario con la voz más magnética y la mirada más singular y más audaz.

Julián Lopez

El derecho de las bestias, de Hugo Salas (Interzona)

Enrique Raab, periodismo todo terreno, de María Moreno (Sudamericana)

Samsara, de Facundo Gerez (Eterna Cadencia)

Happening, de Gustavo Valle (Autoria)

Entre la pena y la nada, de Irene Gruss (Ediciones del Dock).

Lola Copacabana

Lolito, de Ben Brooks (Editorial del Nuevo Extremo)

Bebé y otros cuentos, de Paula Bomer (Momofuku)

Mi descubrimiento de América, de Vladimir Maiakovski (Entropía)

Cataratas, de Hernán Vanoli (Mondadori)

Gracias por la compañía, de Lorrie Moore (Seix Barral).
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