análisis de un periodista sobre el cine argentino actual

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análisis de un periodista sobre el cine argentino actual

Mensaje por Ridick el Mar Dic 22, 2015 2:42 pm

“Si querés llevar mucha gente, que te produzca Telefé.” Esa es una de las confirmaciones del año en lo que al negocio cinematográfico se refiere: como había sucedido ya en la temporada 2013, las seis películas más vistas contaron con el respaldo del canal de las pelotas. La otra clave que el Top Ten 2015 arroja para los candidatos a triunfadores del cine argentino es que la distribución debe quedar en manos de una major estadounidense. Seis de las diez más vistas fueron lanzadas por Disney. Las restantes, por Fox o UIP, representante local de los sellos Universal y Paramount. La ecuación es muy simple: cuanta más plata se tenga, más minutos televisivos se pueden comprar para “spotear” avisos. Y ésa es, al día de hoy, la condición sine qua non para un éxito que se precie. El caso más gráfico es el de Voley, respetabilísima comedia más o menos zarpada, dirigida y protagonizada por treintañeros, de cuya existencia el público ni se habría enterado, de no ser por la participación en la producción de... Telefe. Esa participación le permitió “spotear” al film de Martín Piroyansky, reuniendo una cifra (100.000 espectadores) como para fumar de alegría.
Alta concentración (con el batacazo del año, El clan, al frente de un puñado de exitosas) y extranjerización (el mercado, en manos de las majors) volvieron a marcar, a lo largo de 2015, un negocio que presenta esas características desde hace por lo menos un lustro. Traccionado como de costumbre por la película-fenómeno de la temporada –es lo que sucede desde El secreto de sus ojos, 2009–, el cine argentino mantuvo su proporción-promedio de los últimos años, en términos de entradas vendidas y en relación con las entradas totales (lo que los especialistas llaman market share). Ligeramente por debajo del 15 por ciento, en un año que registró un llamativo crecimiento de la concurrencia general a los cines.
Las de El clan son cifras históricas. No comparables por cierto con el record de Relatos salvajes y sus 3,4 millones de espectadores (de los cuales 500 mil son de este año, con lo cual la película de Damián Szifron fue no sólo y por lejos la más vista de 2014, sino además la tercera más vista de 2015). Con sus 2,6 millones de espectadores, la película de Pablo Trapero sobre el clan Puccio se coloca a la altura de la tercera más vista en la historia del cine argentino detrás de Relatos salvajes y Nazareno Cruz y el lobo, El santo de la espada. El bienio 2014/2015 se convierte así, en proyección histórica y gracias a las películas de Szifron y Trapero, en un miniciclo record. Pero, claro, la salud de un sistema no se mide por el rendimiento del órgano más sano sino por su homeostasis general, y aquí es donde se hace necesario analizar el funcionamiento de los distintos “aparatos” (para mantener la terminología biológica).
Y las ganadoras son...
El lote que le sigue –de lejos, claro– al film-fenómeno de Pablo Trapero presenta un puñado de casos llamativos. Todas espoleadas por la palanca Telefe, dos de ellas contienen un factor-bajón que, se supone, es eminentemente piantapúblico. Abzurdah, segunda película más vista del año, es, como se sabe, la historia de una chica depre, anoréxica y autoflagelatoria. Sin nombres de comprobado arrastre delante y detrás de cámara (la China Suárez puede ser conocida por papeles en la tele, pero no lleva por sí sola los casi 800 mil espectadores que fueron a verla), daría toda la sensación de que la película dirigida por Daniela Goggi pegó justo en una herida social-adolescente, ante la cual tanto quienes la atraviesan como sus familias parecerían necesitados de espejos donde mirarse.
La otra piantapúblico potencial es la coproducción mayoritariamente española Truman, sexta en la lista, vista por casi 400 mil espectadores. Con un héroe de 50 y pico que sabe que va a morir, y no piensa hacer nada para evitarlo o postergarlo, la clave de su éxito se resume en las dos palabras mágicas que son todo un sortilegio para la industria del cine argentino: Ricardo Darín. Dejando de lado Boca Juniors 3D, la película, que atrajo a parte de los hinchas de ese club, Diego Peretti es el protagonista o coprotagonista de los otros éxitos del año. Uno es la comedia romántica-familiar-clásica Sin hijos, con la española Maribel Verdú y la niña Guadalupe Manent como los otros vértices del triángulo. El otro es la comedia dramática coral-amiguera Papeles en el viento, con el protagonista de En terapia al frente de un poker de cuatro que incluye a Pablo Echarri, Diego Torres y Pablo Rago.
Más allá de ganchos actorales y teniendo en cuenta el medio de difusión de todas estas películas, lo que expertos en publicidad y comunicación visual deberían analizar es el poder de arrastre de los spots televisivos de todas estas películas. No se hace referencia aquí al minutaje en sí (La patota tuvo la misma o mayor difusión que cualquiera de ellas y, sin embargo, quedó muy por debajo) sino al poder de seducción que estos spots habrán tenido. El cronista sospecha que no fue escaso.
Una mesa con dos patas
Ya se sabe que no todo es cuestión de grandes cifras y masividades televisivas en una industria a la que, como es el caso del cine, por algo se le añade el adjetivo “cultural”. Y a veces, cómo no, el de “nacional”. La película de autor, de presupuesto mediano y altos valores de producción, sigue siendo el pato de una boda poco feliz. Films como El incendio, que hace foco en una de crisis de pareja bastante extrema, Mi amiga del parque, sobre las relaciones cuasi borderline entre una insegura madre reciente y dos hermanas de las que podría sospecharse que “mecen la cuna” (en el sentido psicótico de la película casi homónima), o La vida de alguien, a la que podría arriesgarse como “de frágiles sentimientos indie” son lo que se llama películas “de festivales” (desde Berlín al Bafici), con historias o enfoques más ríspidos o “de nicho” que los que el cine masivo se permite. Todas ellas, y muchas más, necesitarían de alguna clase de empujón extra, que les permita pasar la letal primera semana y hacerse un lugar entre tanto tanque tonto.
A ese empujón se le llama respaldo publicitario, algo para lo cual –más allá de que Mi amiga del parque gozó de la distribución de una major– se requiere una fuerte colaboración de parte del Instituto de Cine. Instituto cuya razón de ser es, como se sabe, la defensa y protección del cine argentino. Para ello no basta con fomentar la producción, incluso hasta mucho más allá de sus posibilidades de visibilidad (durante 2015 se estrenaron grosso modo 140 películas argentinas, contra 240 del resto del mundo, incluidas las de Hollywood), sino que debería acompañarse el proceso en su totalidad. La política que rigió los destinos del cine hasta hace pocos días sobreestimuló la producción, sin prestar demasiada atención a la pre y posproducción. No se previeron modelos de lanzamientos específicos para cada película, de acuerdo a su modo de producción y target de público, no siempre se puso el acento en el control de calidad (para inflar las cifras se baja la vara) ni se hizo gran cosa por apoyar la salida a la cancha de los equipos más chicos.
Qué subsidiar
Para que se entienda: del batallón de películas que se estrenan año a año, más o menos la mitad son esfuerzos pequeños, a veces al borde mismo de lo casero, en ocasiones sobre temas micro o sumamente puntuales, en gran parte documentales (lo cual tiene que ver con que es más barato producir documentales que ficciones). Por más que las hubo meritorias e incluso aparecieron felices sorpresas, ¿cuánta gente está dispuesta en correrse a una sala de cine y pagar su entrada –aunque gocen de subsidio, como sucede en los espacios Incaa– para ver un documental sobre folkloristas poco conocidos, anónimos nadadores de aguas abiertas o, incluso, sobre la realización de un congreso de documentalistas celebrado en los años 90? ¿No sería más lógico derivar esa clase de películas a los canales de televisión pública, a Incaa TV sobre todo? ¿O aprovechar que ahora existe Odeón, plataforma online de cine argentino lanzada por el organismo oficial, para difundirlas por esa vía?
Sería más lógico. Pero si las películas no pasan por salas –aunque sea sólo para la estadística–, no cobran el subsidio de recuperación industrial, y en ese caso pierden plata. Pero entonces, ¿no debería pensarse mejor en subsidiar la exhibición de ese cine más modesto por televisión? ¿Y/o garantizar la compra de esas producciones por parte de los canales, públicos o privados? Porque, por otra parte, los privados no están cumpliendo con la obligación que les marca la ley de exhibir un determinado porcentaje de films argentinos al año.
Contrariamente, la costumbre de estrenar sólo para cobrar el subsidio lleva a que se descuiden películas cuyos valores de producción y calidad intrínseca ameritarían un lanzamiento a la altura. Fue, este año, el caso de Eva no duerme, que tras pasar por Toronto, San Sebastián y el Festival de Mar del Plata se hundió en la cartelera local sin un guardavidas que la rescatara. Perturbadora y audaz, tanto en términos intelectuales como de puesta en escena, la película dirigida por el mendocino Pablo Agüero –coproducción con Francia y España, que cuenta en su elenco con Gael García Bernal, el francés Denis Lavant (el de Malasangre y Bella tarea) e Imanol Arias– pareció lanzada como para que nadie se entere de su existencia. Si esa fue la intención, el objetivo se logró con creces.
Crear públicos
A veces sucede lo contrario. Las películas se lanzan con el mayor de los cuidados y los resultados parecen marcar un camino a seguir para buena parte del cine argentino. Había ocurrido unos años atrás con Cornelia frente al espejo (Daniel Rosenfeld, 2012) y volvió a suceder ahora con el exquisito documental La calle de los pianistas, de Mariano Nante. En ambos casos se comunicó sus lanzamientos a sus públicos o targets específicos, con campañas ad hoc. A esto, los especialistas en marketing cultural lo llaman “crear un público”, lo cual representa un trabajo de búsqueda y gestión específicos. En la Argentina no se hace; en otros países sí, desde hace rato y con muy buenos resultados. En Francia, el organismo oficial cuenta con un departamento específicamente dedicado al tema, la Gerencia de Gestión de Público. Da toda la sensación de que se trata de un área que está pidiendo desarrollo local.
En el caso de La calle de los pianistas, y habida cuenta que trata sobre las dinastías Tiempo y Lechner, el estreno se difundió intensivamente entre melómanos y músicos, incluyendo una función especial en el Teatro Colón. ¿Que parece un público pequeño? Pequeño para alzarla hasta el Top 10, puede ser. Pero los casi 20 mil espectadores que llevó y los largos meses que se mantuvo en cartel en el Malba hablan de una clase de éxito que no es infrecuente en una sala que tiene la política de apoyar las películas que programa. Este marketineo “de hormiga” tiene poco sentido para una película que apunte a cientos de miles de espectadores, pero tal como estos ejemplos demuestran, puede permitir a películas de ambiciones más modestas alcanzar su público.
De eso se trata la cuestión: de alcanzar el público al que la película apunta. O crearlo, que para el caso es más o menos lo mismo. Es lo que Eva no duerme no logró y las películas mencionadas sí. Tal vez se trate de parar la pelota, reordenar el juego y repensar políticas y estrategias. Un desafío para la administración entrante y para el conjunto del cine argentino.
Las diez más vistas del año
Las siguientes son las diez películas argentinas de mayor concurrencia a lo largo de 2015:
1) El clan, de Pablo Trapero (2,6 millones)
2) Abzurdah, de Daniela Goggi (785 mil)
3) Relatos salvajes, de Damián Szifron (512 mil)
4) Sin hijos, de Ariel Winograd (485 mil)
5) Papeles en el viento, de Juan Taratuto (385 mil)
6) Truman, de Cesc Gay (380 mil)
7) Boca Juniors 3D, la película, de Rodrigo H. Vila (270 mil)
8) Locos sueltos en el zoo, de Luis Barros (216 mil)
9) Socios por accidente 2, de F. Forte y N. Loreti (176 mil)
10) El espejo de los otros, de Marcos Carnevale (158 mil)
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Ridick



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